Jugadores profesionales que están en los mejores clubes y son además los mejor pagados del mundo, que se declaran infelices. Armstrong es desposeído de sus siete Tours por haberlos ganado valiéndose de una red de doping sofisticada y cínica, actuando como un auténtico cómitre con el resto de los corredores de su equipo.
No es que en el deporte profesional hayan desaparecido valores, como en toda la sociedad en la que actualmente nos toca vivir, sobrevivir me parece más exacto. Hay multitud de casos positivos que así lo atestiguan y que siguen manteniendo al deporte como referente cuando queremos acudir a mostrar maneras de conducta que sirvan de guía a nuestros jóvenes en cualquier ámbito de nuestra sociedad.
Pero permítanseme estos dos casos, uno por lo conocidos y otro por que demuestran que no sólo por alcanzar determinados niveles de éxito se alcanza la satisfacción en lo personal.
¿Soy lo que hago?¿Soy lo que tengo?¿Soy como la imagen que otros tienen de mi? Imagen que en muchos casos no es sino un elemento de presión.
Sin duda la motivación para la práctica deportiva ha de ser la felicidad. Ese ha de ser el combustible, y en el ámbito profesional yo añadiría, ser feliz y hacer felices a otros. Si sólo nos movemos por metas como el conseguir títulos o dinero me temo que ese combustible se acabará pronto, o buscaremos métodos que no tienen nada que ver con los valores deportivos.
Los ídolos, generados las más de las veces por extrañas e interesadas campañas de marketing, se ven obligados, aunque ampliamente retribuidos, a mantener rivalidades y marcas personales en las que no creen o para las que no están realmente preparados.
El compromiso se establece entonces con marcas deportivas, patrocinadores o empresas de comunicación, alejándose ese mismo compromiso con los valores que son los que les han hecho triunfar y por los que hasta ese momento han sido admirados; el deportista pierde autenticidad en pos de recompensas materiales.
El objetivo ya no es heroico, ya no es un reto que motiva a buscar la excelencia y desde luego ya no es, si alguna vez lo fue, ecológico: ni interesan los compañeros de equipo ni su salud. Aquí es claro que el objetivo es la causa. Y el plan de acción que se desarrolla para alcanzar el mismo está plagado de acciones igualmente poco ecológicas.
Buscando el resultado surge la obsesión por querer controlarlo todo, en lugar de marcarse una misión y dejar que los potenciales fluyan.
En pocas actividades del ser humano como en el deporte se pueden hacer confluir los talentos que todos tenemos con una vocación, si queremos llamarlo así, con una misión en la vida.
Pero también es cierto que en la mayoría de los casos ese confluir necesita de algún acompañamiento, de alguna figura que, desde la experiencia y el conocimiento, haga reflexionar a ese talento a cerca de los valores sobre los que se quiere construir una carrera.
Más aún cuando son figuras que ejercen un gran poder de emulación. ¿Qué se transmite entonces?
Es evidente que en sus carreras y en sus vidas están presentes profesionales que sin duda se aplicarán para sacar el mayor rendimiento del deportista, dentro y fuera del escenario puramente deportivo, pero en estos casos parece faltar lo más importante, quién encienda la reflexión personal, quien mueva a encontrar las respuestas que en estos casos parecen olvidadas a las preguntas de para qué empezaron a practicar el deporte que practican cuando eran niños y sus sueños eran ser felices haciendo lo que hacen y alcanzando metas extraordinarias desde el juego limpio y concitando la admiración y el cariño de los demás.
Parece una reflexión que es válida solamente para los superprofesionales, pero, acercarse a una cancha deportiva, de cualquier especialidad, en la que niños en el período de crecimiento personal más importante de sus vidas, más allá de su formación en lo puramente deportivo, encaran la competición con evidentes signos de estrés motivado por habérseles inculcado un desmedido afán competitivo o por estar a la altura de lo que familia y entrenadores en un sobrecarga emocional han hecho llegar a esos campeones en ciernes. Es suficiente razón para comprender que es necesario implantar una nueva cultura, en profesionales y en pequeños deportistas, que centre su atención mucho más en el ser humano y en su camino en la búsqueda del resultado más espectacular, la felicidad.
Artículo de Julián Ruiz, Coach acreditado CORAOPS. Puedes encontrar éste y más artículos en su web.

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